Gabriel
García Márquez está en el cielo
Por Juan Carlos Herrera
Cuando alguien tan buena persona como Gabriel
García Márquez muere, en seguida va derecho para el cielo. Un hombre que desde
su más temprana edad no hizo sino sentarse con humildad ante una máquina de
escribir, fumando constante tabaco negro sin apenas respirar en medio del humo,
para sacar unos artículos que aunque decían cosas de su tiempo eran en serio
una fuerte formación, disciplinado entrenamiento y práctica del oficio con la intención
de conseguir el alto nivel que algún día le permitiría hacer la gran novela de
su vida, se puede considerar un ser humano muy bueno. En realidad, desde que
alcanzó la celebridad universal, realizó todo lo que pudo por dar la mejor
imagen que tuvo Colombia alguna vez. Los periódicos de papel del mundo entero que
lo inmortalizaron más con la noticia de su partida, al igual que Remedios, la
bella, hizo con las sábanas que al envolverla aletearon para subir en cuerpo y
alma al cielo, le sirvieron también a él como alas para volar hasta las blancas
nubes. Estoy seguro, como deben destacarlo los principales medios de comunicación
desde El Universal de México, El País de España hasta The New York Time de Nueva York, de que
García Márquez era más querido por sus grandes amigos por su especial modo de
ser, que por la forma genial como escribía. «Escribo para que
mis amigos me quieran más», era su eslogan conocido. Entonces después de una
larga vida de amistad y felicidad, ahora que se ha marchado, que se ha ido de
nosotros, para una dimensión más duradera y mejor, seguramente ya habrá visto
el amor en la cara de Dios.
En cambio, usted señora María Fernanda Cabal
se ha tirado para siempre su carrera, cayendo en el más bajo de los comportamientos.
Esa foto y mensaje que puso en Twitter, cuando se refirió a la muerte de
Gabriel García Márquez y la que cree que está por venir de Fidel Castro, es por
lo que va a hacer más recordada en este país que por sus aspiraciones luciferinas
en la política: Pronto estarán juntos en
el infierno. Si en realidad no gusta de nuestro único premio Nobel de
Literatura, hubiera hecho mejor celebrar la mala nueva con una fiesta, tomando fino
whisky, comiendo caviar, buenas brevas de Bruselas, yendo a los grandiosos
salones para bailar vals, escuchar la música barroca de Bach, haciéndole un
homenaje a su cultura de oligarquía estatal, pero no decir eso en contra del
hombre más grande que ha dado Colombia en toda la historia.
Desde que estoy niño, he escuchado mil veces
que el infierno es un lugar del inframundo, donde hay muchas almas quemándose,
ardiendo en las llamas, soportando en el centro de la tierra el martirio al
rojo vivo, desapareciendo una y otra vez en las espesas lavas, muriéndose del
dolor pero sin acabar de morirse jamás, donde gobierna una entidad tan perversa
y malvada, que la gente nunca ha querido averiguar su verdadero nombre y
simplemente le dicen Satanás. Lo peor del caso, es que no solamente trabaja él
en aquella región horrenda que una pintura en óleo puede reproducir con escalofriante
exactitud, sino una legión de activos demonios de los que ya sabemos que forma
parte usted. Los seres humanos que son justos y han tenido una vida buena y
ejemplar, despertando la admiración del resto de los hombres, aunque escuchen
hablar de aquel lugar jamás van a parar allá, porque afortunadamente en esos
pisos subterráneos no opera tanto la ley de la gravedad como el trinche de tres
dientes de Satanás para perturbar la conciencia pecadora. Nadie escapa, por
mucho que lo intente, porque se trata de la misma muerte en su profundidad rocosa
más espeluznante. Ni siquiera cambiando el modo de ser, porque los condenados
pronto aprenden a descubrir que sólo volviéndose más malos pueden liberarse de
la carne, y quedarse con el desnudo esqueleto para sufrir un poco menos. En algunas
culturas, se dice que el fuego eterno no queda allí, sino que está en la misma
superficie terrestre, y que a veces un ser que pasa al lado de uno en la calle
puede estar en el infierno, y por lo menos el resto de buenos mortales lo
miramos desde el purgatorio. Si una persona quiere ver a otra en el infierno,
aunque use carteras de cuero de canguro, artículos de maquillaje Vogue, fajo de
dólares y atienda de vez en cuando el BlackBerry, seguramente es porque es su
representante y vive en él.
En Colombia, desde el magnicidio de Gaitán el
9 de abril de 1948, numerosas personas hicieron de Bogotá una hecatombe, con
una marcha interminable de protesta a lo largo de sus calles pusieron a temblar
la tierra, en una conjunta revuelta popular le hicieron destrozos, la incendiaron
y causaron miles de muertes, y por fortuna ya había sido inventada la
fotografía para tomar varias instantáneas a blanco y negro del mismo infierno. Debido
a la mala política, la pesadilla institucional nunca ha parado, originó la
Violencia que dejó la secuela de una tragedia aterradora, y en la selva la
guerrilla de las FARC se convirtió en el grupo armado más viejo del continente,
haciendo entonces la guerra eterna que no para sino que se extiende, como si con
tanto derramamiento de sangre hubiera nacido otro río en el país. El
paramilitarismo de las AUC terminó de acabar más con esta geografía de sanos cultivadores,
con sus combates, con sus malditas masacres, matando a inocentes campesinos
sólo porque eran demasiados pobres. Mientras tanto, en otra altitud algunas
personas siguiendo el mandato del linaje aristocrático se metieron a la vida
política, para disfrutar de las comodidades de la alta sociedad. Entre esas
malévolas personas, representando al partido Centro Democrático, fue elegida usted,
pero como ya siendo electa mostró su verdadera cara, que a nadie le gusta, entendimos
mejor porqué siempre ha estado tan mal este país. Desde el momento en que se
posesione en el Congreso, éste va a comenzar a arder en las llamas inacabables.
Como buen escritor, le voy a contar una cosa.
Fue un sueño borgiano que tuve, quizás por haber leído Las ruinas circulares de Jorge Luis Borges.
Soñé con placer que Gabriel García Márquez,
en medio de las blancas nubes, se acercó una ventanilla donde estaba atendiendo
el mismo San Pedro. En realidad, estaba solicitando una visa para entrar al
cielo. Su pasaporte era su buen comportamiento de hombre en la vida, sus
mejores libros como Cien años de soledad
y la placa del premio Nobel de Literatura, por lo que San Pedro al ver eso le
dijo:
-Tiene su visa aprobada.
En seguida siguió adelante a la gloria celestial,
donde lo esperaban felices el sabio catalán Ramón Vinyes, Álfonso Fuenmayor, Germán
Vargas y Álvaro Cepeda Samudio, formando de nuevo el grupo de Barranquilla, pero
también estaban Álvaro Mutis, Carlos Fuentes, Julio Cortázar y el actor cómico Cantinflas
que con su gabardina, pantalones caídos y el rostro agradable sonreía y hacía
sonreír, los cuales mientras nosotros llorábamos aquí en la tierra sumidos en
la infinita tristeza, eran los seres más alegres en el omnipotente trono de
Dios por volverse a encontrar con el mejor de los amigos. Se pusieron hablar en
seguida de viejos recuerdos, de dulces amoríos, pero también de la música, el cine
y la literatura, e imagínese quién con una pipa en la boca se acercó a
estrecharle la mano: su gran maestro, el escritor estadounidense William
Faulkner.
Mientras tanto, al serle negada su entrada
allí, la señora María Fernanda Cabal se acercó disgustada a la ventanilla de
enfrente donde había más bien vapor de etanol, en su nueva condición de muerta.
La persona que la atendía era extraña, pero llena de tanta belleza revestida de
oro, diamante y rubí, que la única explicación de que pudiera poseer tal
apariencia irreal era por tener de su lado una riqueza tan pecaminosa como la
de Sodoma y Gomorra, que despertaba hasta la envidia de sus mismos aledaños en
el desierto.
-No tiene necesidad de visa –le dijo.
-Por qué –preguntó usted.
-Porque usted es de aquí.
Sólo entonces miró al fondo de aquel sitio, donde
había algo parecido a un estanque de aguas oscuras en la cual flotaban varias
almas aquejadas por toda la eternidad, y cayó en la cuenta de que el lugar para
donde usted iba era el mismísimo infierno.
En estos días, aquí en Colombia la noticia de
su comentario en Internet le ha dado una pantalla que nunca imaginó, un poco de
más atención, un protagonismo inesperado, pero me voy a encargar de
desilusionarla al aclararle que nada de eso es positivo para su escena en la
política. Las personas que más quieren a Gabriel García Márquez que son
millones han salido a protestar iracundas, por lo que consideran que es una
falta de respeto a Aracataca, a la República de Colombia y a la historia de la literatura
mundial. Por comentarios mal educados de ese tipo, como ha pasado cuando
ofenden al profeta Mahoma, ha habido varias veces derramamientos de sangre,
linchamientos y desórdenes violentos en diversas partes del planeta. Nadie la
quiere, ni siquiera ver de cerca, porque aunque compre un perfume de esencia
femenina del creador español Paco Rabanne, y se lo eche completo en el cuello, despedirá
siempre un olor a amoníaco. Mucha gente de su mismo partido Centro Democrático,
me imagino que se van a hacer los que no la estiman tanto, porque nadie quiere
dar la imagen de que al menos influyó en usted para que hiciera su público comentario.
Estar cerca suyo en una foto de la prensa, en las páginas sociales, le quitará credibilidad
al primer desdichado que quiera ocupar un alto puesto en el país. No se lance
más nunca a un cargo, porque entonces quedará la sensación de que está loca, y
de que las personas que la eligen no tienen la menor idea de lo que es una novela
del Nobel García Márquez, como le decía el cantante Diomedes. Su infierno aquí
en la tierra ya comenzó hace rato, arde en intensas llamas, da gritos de dolor
tormentoso, y me parece que el comentario que le hizo a García Márquez fue una
ofensa a la muerte misma, donde irán también sus padres, sus hermanos, su
marido, sus hijos y su perro, e incluso el Diablo, que está rojo a su lado con
los dos cachos, se hará el que no la conoce de ahora en adelante porque no es
tan bruto.
Como el mejor alumno de Gabriel García
Márquez en el mundo entero, tanto en el periodismo, la literatura y el halago
inocente a las mujeres, me siento con el derecho no de coger un micrófono sino
el gran teclado. Lea bien lo que le voy a decir, para que otro día antes de ponerse
a escribir locuras usando con arbitrariedad las veintisiete letras del abecedario,
sepa que alguien más preparado la puede herir mortalmente con la poderosa espada
desenvainada de la escritura. La ofensa que usted lanzó en las redes sociales no
la ha sentido el famoso escritor, que está a salvo en un lugar más alto,
inalcanzable y mejor que el de nosotros -y ya de por sí es inmortal-, pero sí
personas como yo que han devorado sus libros tanto en la vida, que incluso
después de leer experimentales novelas en la técnica narrativa como La hojarasca, hemos sentido que los mismos
hilos de la poesía nos conducen al estado de gracia de la evocación. Siempre leí
sus novelas como El coronel no tiene
quien le escriba, La mala hora y Cien años de soledad, la obra literaria
más grande de todos los tiempos, que en mi niñez hizo que yo dejara de ver con
interés los dibujos animados de Disney, porque me di cuenta de que bajo el sol
del Caribe que servía para dibujarlo mejor con sus rayos, en las inmundicias
del mercado donde al final de la tarde quedaban los hambrientos gallinazos escuchando
champeta, en las desventuras de la pobreza que muchas mujeres aprovechaban para
obtener el truco de inventar la comida, en las calles de arena donde unos niños
negritos sin camisas y descalzos corrían con la pelota y jugaban mejor que Pelé
sin haber escuchado jamás quién era Pelé, en los sueños de amor que aumentaba
en los hombres y mujeres la idea clásica de la belleza, en el mar donde se
estaba cayendo el viejo muelle de madera por la tristeza de que ya no llegaban
los barcos de antaño, sucedían cosas más fantásticas que en un canal de la
televisión si uno mantenía los ojos bien abiertos. También leí con gran placer Vivir para contarla, el primer tomo de
sus memorias, donde inicia el relato hablando de su madre que llegó a buscarlo
a Barranquilla en la Librería Mundo para ir a vender la casa de Aracataca, y gracias
a esa experiencia aprendí a contar bien una historia. La literatura, sea oral o
escrita, es sólo el compromiso de cantar un suceso, sin importar que sea bueno
o malo, interesante o aburrido, de amor u odio, o que se digan malas palabras
sin faltarle el respeto a las leyes de la gramática y la ortografía, y sobre
todo a la gema de la buena prosa. En estos momentos, escribiendo bien he cogido
la pluma de García Márquez para devolverle el mismo dardo. De manera que cada
vez que me acuerdo de eso que usted indica, me dan ganas de decirle que usted
es una vieja… vea el espejo y él se lo mostrará. En
realidad, meterse con la persona que más prestigio le hado al país en toda la
historia, es desprestigiarse uno mismo y caer en la abismal oscuridad. Es
verdad, señora congresista del horno funesto, enviada infeliz del Averno de
Oriente, heredera del reino de la Puntarracada. No creo que haya un lugar donde
esconderse, ni siquiera en el valle de la muerte donde está el reino de Hades,
porque allá la espera el cuerno de un centauro que silba su mala suerte, razón
por la que me atrevo a decirle que usted es una… y es pura la verdad de que
usted tiene que saberlo. Los lectores dirán que yo me he pasado de la raya,
pero no es así porque esta es mi gesta de trovador apesadumbrado. Entonces
seguiré usando la expresión más pura de Castilla para decir que usted huele a…
cierta es la palabra que en su nariz debe estar sintiendo. Pero como pertenezco
a la buena casta del lenguaje castellano, es mejor que tal vez siga invocando a
mi hada madrina para terminar de escribir con letras de polvo mágico este agraciado
texto.
Sin embargo, como la fiesta apenas comienza,
me voy derechito a seguir estirando el texto en este contexto porque parece que
mientras más digo algo más se me pone contesto, y quiero decirle nuevas cosas
en la cara para que no se meta más nunca con mi maestro. En realidad, desde que
comencé a ser un lector, me consideré desde siempre su alumno. Me dediqué a
estudiarlo, a amarlo y quererlo, leyendo sus biografías, reparándolo en persona
para ver si era verdad que la magia existía, ilusionado con ser igual de grande
en las letras hispanas para bien de la humanidad entera, a tal punto de
obsesión e intensa investigación que ya recordaba tanto su vida, que cuando recorría
el centro histórico de Barranquilla, por la resplandeciente calle de San Blas,
mirando mejor el mundo desde el Paseo Bolívar, bajando a las viejas oficinas de
El Heraldo, cerca de la iglesia de San
Nicolás, y parándome frente al pequeño edificio el Rascacielos donde él vivió como
un buen pobre al lado de las prostitutas, no sentía que estaba siguiendo su
camino triunfante sino recogiendo sus pasos. De manera que yo, como cualquier
contador de historias de Aracataca, sé narrar buenas anécdotas. En una ocasión,
estando en Riohacha, el lugar donde tuve la buena suerte de nacer, viví un caso
especial. Un Testigo de Jehová que trató de llegar a alguien con la Biblia
abierta, fue rechazado en su propia cara cuando le tiraron la puerta de una
casa donde llevaba el mensaje que había fundado el Hijo de Dios, por lo que ofendieron
su cristianismo que es tan sagrado para el resto de la bien establecida congregación.
La reacción energúmena del predicador, quizás justa, fue gritarle de inmediato:
«¡Tú mataste a Cristo!». En Venezuela, Hugo Chávez Frías también
hacía reír como el mandatario explosivo más popular de la vida real, incluso a
los que no tenían nada que ver con su madura ideología de izquierda. Cada vez
que tenía enfrentamiento con alguien de la derecha aquí en Colombia que tiene
una larga historia de doscientos años, Hugo Chávez decía o pensaba: «¡Tú
mataste a Bolívar!». Por mi parte, aunque no quiero pasar a las historietas por
esta dura frase, yo te digo a ti señora congresista Cabal: «¡Tú mataste a
García Márquez!». Lo cual debe de ser en parte cierto, créanme el porqué, al
haber yo encontrado una probable razón. Por el modo de ser que origina
pensamientos impuros, en más de una ocasión con tus artes de brujería debiste
de estar deseándole la muerte, en ritual de muñecos y alfileres, en oscuro secreto
y con odio visceral, hasta que al final viste que tu sueño se hacía realidad.
En 1955, período en que se convirtió en el
periodista más célebre de su país gracias a Relato
de un náufrago, que editó en catorce entregas el diario El Espectador, Gabo comenzó a vivir el
infierno verdadero al que usted se refiere. A los veintiocho años de edad
comprendió, que en este país donde hay que tener la boca cerrada a cada rato,
es más peligroso para alguien inteligente hablar con los índices de las manos.
La gente en Bogotá compraba como pan de bono caliente los ejemplares del
periódico recién acabados de salir de los talleres de imprenta, por la excelente
historia del naufragio en alta mar narrada en primera persona con una prosa
magistral, no como si de una noticia sensacional se tratara sino como si fuera un
verdadero best seller de ficción. Pero aunque Guillermo Cano y el resto del
equipo periodístico lo festejaban, porque el fenómeno presentado era un hito en
la historia del periodismo en el país, al sobresaliente escritor esa especie de
reportaje literario le costó un caro precio, ya que contaba la verdad descriptivamente
de un contrabando camuflado en el destructor Caldas, que al romper amarras echó al mar parte de la pesada mercancía
mal asegurada y a varios tripulantes desesperados, entre ellos Luis Alejandro
Velasco, el único sobreviviente del desastre, que por estar varios días en una
balsa bajo el inclemente sol, sin comer y tomar agua dulce, se convirtió sin
quererlo en un héroe de la literatura universal. Se exilió pronto en Europa,
con la excusa de ser enviado corresponsal en una reunión de los Cuatro Grandes
en Ginebra, Suiza, huyendo de la dictadura que había en ese entonces en Colombia
durante el gobierno del general Gustavo Rojas Pinilla. Después de tener una
breve experiencia en las calles de Venecia, donde D'Annunzio aprendió a amar más
a las aguas que a Dios, en la Roma del antiguo Coliseo cuyo deteriorado panorama
era el mayor sentido que había para estudiar historia, y en los estudios de
Cinnecità que le enseñó que el cine era una máquina para soñar mejor la vida
que todos queríamos vivir, estuvo en París, la ciudad más bella del mundo, la
de los cafés al aire libre, la de los perfumes que servían para el amor, donde -al
cerrarse en su lejano país inesperadamente, por una orden del gobierno, el
periódico del que dependía su bolsillo- no conoció tantos los Campos Elíseos,
el Arco del Triunfo y la torre Eiffel que llegaba hasta el cielo, sino el
hambre más implacable del hombre. Al salir de vez en cuando del edificio Hôtel
de Flandre, en el número 16 de la rue Cujas, caminaba bastante por el sector, mirando
con pena el lento paso del tiempo, anduvo en las calles de novios abrazados y
besándose donde parecía haberse inventado el amor, aguantando el intenso frío,
sin aprender a hablar el francés de Honoré de Balzac para comunicar su desgracia,
mientras una hermosa mujer española llamada Tachia que quería ser esposa lo
dejó solo por culpa de la mala situación económica, cuando comprobaron con
dolor que aunque las ganas de amarse junta a las parejas no da para comer. En
una buhardilla del hotel escribió El
coronel no tiene quien le escriba, no para ser una gran obra literaria a la
altura de El viejo y el mar de Ernest
Hemingway, como por tener la compañía de un buen personaje con dignidad, que es
un vivo testimonio de sus meses de hambre. Por suerte, aunque en la Ciudad Luz
llegó a comer las sobras de un cajón de basura, pudo terminar una novela corta considerada
ya una obra maestra de la literatura, descubriendo en aquel entonces que era en
el extranjero donde estaba comenzando a construir la gran escalera que posteriormente
lo llevaría al cielo, porque además conoció a un viejo Hemingway que caminando
por la calle junto a su mujer, algo feliz le respondió al saludo.
Como ustedes saben, gracias a la amistad de
Plinio Apuleyo Mendoza, pudo sobrevivir en aquellos grises y fríos tiempos de
su juventud, donde se había puesto más delgado. Desde Londres, tomó un avión
que lo llevó a Venezuela, con el proyecto de ser periodista por un tiempo en
Caracas, que también vivía bajo una gran dictadura. Después regresó a Bogotá andando
por el centro de la ciudad en una pequeña oficina de la agencia Prensa Latina, donde
se puso a trabajar para Cuba. Fidel Castro era el hombre del momento en América
Latina, y más que escritor de novelas en esos días, había que ser escritor de
periódicos para registrar en páginas enteras ese histórico acontecimiento para
el continente. Desde entonces Gabo fue visto por muchos aristócratas como un enemigo
de esta nación, nada más que porque le gustaba la cultura de La Habana,
escuchar con tragos el buen bolero de amor y mientras caminaba por el Malecón
donde se estrellaban las olas del mar azul fumarse con gusto unos puros
habanos, los mejores tabacos del mundo. En una estadía de cinco meses con su
mujer y primer hijo en la fría Nueva York, llegó a la conclusión de que a
Estados Unidos le gustaba ir pero no vivir.
Cuando la editorial Sudamericana le publicó Cien años de soledad, se convirtió en el
escritor más leído del mundo. Desde el primer día en Buenos Aires, los primeros
ejemplares de la edición príncipe tanto en las distintas librerías como en los
quioscos callejeros, se vendieron rápidamente como salchichas calientes, produciendo
una sorpresa general que hizo delirar al gran público lector, y como nunca
antes se había registrado ese éxito de ventas en el continente suramericano, vino
la demanda desaforada en los países vecinos, incluida la madre patria España que
estaba al otro lado del Atlántico, y entonces siguieron las traducciones a
otras lenguas, como el italiano, el francés y el inglés, hasta una treintena de
restantes más alrededor del planeta, donde resalta el mandarín de China. La mitología
de esta fabulosa novela de resonancias bíblicas, que hablaba de un pequeño pueblo
del trópico donde sucedieron las cosas más increíbles y fantásticas en la
historia de la humanidad, por arte de magia sedujo a los lectores, como si en
realidad la hubiera escrito el mismo Melquíades. Con el sorprendente hallazgo
de su piedra filosofal, el escritor Gabriel García Márquez pasó a estar
entonces en el selecto grupo del boom que estaba dejando la gran huella de Julio
Cortázar, Carlos Fuentes y Mario Vargas Llosa, promocionados por las editoriales
más importantes de Barcelona, como los mejores arquitectos de la nueva
literatura latinoamericana. La crítica especializada la catalogó en seguida como
el nuevo El ingenioso hidalgo don Quijote
de la Mancha, y desde entonces
todos quisieron conocer en persona, entrevistarlo o tomarle aunque fuera una
foto del recuerdo, a un alquimista que escribía tan bien o mejor que Miguel de
Cervantes Saavedra. Sin embargo, leyendo el primer capítulo de la Gran Obra, antes
de que llegaran los errantes gitanos a deslumbrar a los pobres seres humanos mostrando
como una novedad los inventos más antiguos de Occidente, cuando José Arcadio
Buendía trazó las calles de Macondo para que fueran iguales, para que todas
las casas estuvieran casi a la misma distancia del río y para que ninguna recibiera los
rayos del sol más que otra a la hora de calor, en vez de ver eso como una
muestra extraordinaria del "realismo mágico" que lo dio a conocer, sus
enemigos políticos dirían que se trataba directamente de un claro mensaje de
gobierno comunista. Pero nada de eso le importó a Gabriel García Márquez, que
estaba muy feliz por haber adornado bien un cuento de hadas donde las cosas que
él imaginaba en el papel los duendes las ayudaban a suceder, donde había alfombras
voladoras para que le gente más incrédula las pudiera ver, muertos que seguían
comiendo arroz blanco con tajadas fritas de guineo verde porque se les había
olvidado de que estaban muertos, el calor de las dos de la tarde que producía que
los hombres sentados en los taburetes bajo un almendro se quedaran dormidos para
siempre porque estaban teniendo el mejor sueño con una hermosa mujer, y las mariposas
amarillas que revoleteaban en todas partes como prueba física de que cuando se
borrara de la faz de la tierra el imaginario pueblo eran lo único que iban a
sobrevivir hasta nuestros días, producto eso del mejor recuerdo de su niñez en
la vieja casa de Aracataca, en la cual a las nueve años leyó unas páginas
sueltas de Las mil y una noches. Su suerte
había cambiado por completo, le llegaba constante dinero producto de las
regalías, tenía el elixir de la larga vida, y entonces comenzó a vestir mejor,
a engordar y dejarse crecer el cabello, para mostrar una buena cara de turco
afortunado. Su fama fue expandiéndose en todas partes, la gente se sentía
orgullosa de él, la prensa lo asediaba, la crítica literaria lo catapultaba, pero
otros en cambio sintieron rencor de que el nuevo burgués simpatizara con el
socialismo y no con la derecha, que mataba inocentes campesinos en su tierra y
lo condenó a aguantar el hambre que lo había puesto a escribir tan bien.
En Barcelona, escribió con mucha disciplina El otoño del patriarca, y después de ser
publicada, por intermedio de la agente literaria Carmen Balcells, en Plaza y
Janes esa famosa novela donde criticaba abiertamente la soberbia del dictador, volvió
a la Cuba de sus ensueños. Se convirtió en el mejor amigo del comandante Fidel
Castro, a quien no se veía tan bien acompañado desde los días legendarios en
que anduvo en el monte de la Sierra Maestra combatiendo con el héroe argentino Ernesto
"El Che" Guevara. Muchos colombianos lo odiaron por esa razón, como
si cometiera un pecado por ser amante de la bloqueada Cuba y querer ayudar a su
gente pobre. Pero más que un político sabio al nivel mismo del Sumo Pontífice, siempre
consideró a Castro un verdadero costeño, con el que se identificaba y se la
llevaba bien a pesar de las críticas, y por esa clara razón decía:
-Fidel y yo sólo hablamos de literatura.
En el año 1981, cuando estaba de paso en
Bogotá, mucha gente de la élite política sintió envidia de su reputación intachable
y trataron de meterlo preso, al vincularlo sin claras pruebas al grupo
guerrillero del M-19, pero gracias a una información de fuente fidedigna pidió asilo
a tiempo en la embajada de México, y decidió que de ahora en adelante sólo iba
a estar en el país azteca por razones de seguridad. Su ida de Colombia armó un revuelo
mediático, respondió muchas preguntas a los periodistas que pudieron
entrevistarlo, y más tarde escribió con rabia una carta contra el gobierno de
Julio César Turbay. Unas semanas después se publicó Crónica de una muerte anunciada, con una primera edición que tuvo la
tirada astronómica de un millón de copias, recibiendo una gran acogida sin
precedentes gracias a los enloquecidos lectores que lo amaban por su forma de
escribir, y los que querían verlo en una cárcel, preso, amargado y llorando por
eso, lo vieron fue sonriente en los periódicos del extranjero, abrazado con sus
importantes amigos mandatarios, quienes también eran buenos amantes del ámbar
de la poseía. En verdad, como cualquier hombre que nació para el triunfo, siempre
ganaba por encima de cualquier adversidad, y continuó su buena amistad con el
presidente cubano Fidel Castro. Entonces en el año 1982, cuando muchos lo
esperaban, estando con Mercedes en su casa de México, la Academia Sueca de las
Letras anunció que le había sido concedido el premio Nobel de Literatura, noticia
que lo convirtió en el escritor más famoso del mundo. El suceso hizo que se le
mirara con mejores ojos, como una celebridad que ya emitía luz solar, y hubo
una gran fiesta en Colombia y en toda Latinoamérica, que llenó a las calles de alegría
y grandeza resarcida, aunque los feroces críticos dijeron que sólo se lo habían
dado por ser un declarado socialista. Para la ceremonia solemne el 10 de
diciembre en la gélida Estocolmo, el laureado escritor estuvo vestido con un
liquiliqui blanco ante el rey Carlos Gustavo XVI que le entregó el galardón,
mientas levantaba la cara feliz y oía los sonoros aplausos del maravillado
público, como si fuera el arcángel Gabriel del que más se sentía orgulloso Dios
en el cielo.
La verdad es que todo esto nos lleva a pensar
porqué García Márquez se sintió siempre mejor en México que en cualquier parte,
a tal punto que en su atmósfera respiraba gustoso el aire, sonreía con más
placer, y sólo era noticia por ser la persona más buena que había entre los
escritores. Al lado de Álvaro Mutis, su mejor amigo de los últimos tiempos, se
vio feliz, escribiendo bien, vendiendo como si fuera Dumas millones de
ejemplares en varios países, pero sin olvidarse del distante territorio con
aroma a café que muchos dicen que él dejó olvidado, cuando la verdad es que
Colombia siempre sirvió para hacerlo salir corriendo. Carlos Fuentes fue su estrella
del norte, y dicen que llegó a quererlo como sólo se quiere al hermano más
cercano. Con otros escritores como Monsiváis y colegas periodistas, vivió con
alegría, entregado a la cultura, a los nuevos hacedores del arte que iban
apareciendo con un brillo propio en la escena latinoamericana, haciendo
apariciones llamativas en la Feria Internacional del Libro en Guadalajara, para
rendirle homenaje a los libros que tanto hicieron por él. En su casa de la zona
Pedregal del Ángel en la calle Fuego 144, la soledad que era su única gloria causaba
que pudiera ser la persona más complacida del universo. Al lado de su mujer Mercedes
Barcha y de Rodrigo y Gonzalo, éstos con sus respectivas mujeres e hijos que no
dejaban de visitarlo, fue un hombre supersticioso, calmado y sereno, que
encontró en la paz la mejor medicina naturista para vivir muchos años en esta
vida. En ese estudio al fondo del jardín, respaldado por una inmensa
biblioteca, ante el escritorio donde estaba la computadora y protegido siempre por
la influencia de rosas amarillas, escribió cartas, artículos de periodismo,
grandes obras literarias, desde pequeños cuentos hasta buenas novelas con páginas
de agosto y coloreadas metáforas certeras, incluso sus memorias cuando todavía
tenía el recuerdo fresco de lo que fue su gran vida de escritor. En los últimos
años apenas escribía, pero eso no le importaba, porque siempre pensó que la
literatura se disfrutaba más leyéndola que escribiéndola, y volvió a la poesía de
oro de su juventud, a los clásicos de la literatura infantil donde tenía como
cabecera a Saint-Exupéry, escuchando música clásica, ritmos pegajosos de las
Antillas y cantos vallenatos de Escalona, y viajando por el mundo que se hacía
más pequeño a medida que él volaba en aviones, pero nunca faltaba su presencia
personal en La Habana, en la Fundación del Nuevo Cine Latinoamericano, donde como
gran maestro daba buenas clases de guión, y encontrándose a menudo con el
anciano Fidel Castro para reírse de los que se reían de que ya estaban viejos. De
vez en cuando, al comenzar la temporada de frío en diciembre, enero y febrero en
la capital mexicana, venía en continuas ocasiones a la caliente Cartagena de
Indias, en aquella esquina salmón de la Ciudad Amurallada, que era su mansión favorita
junto al mar Caribe, donde lo conocí en persona al lado de Mercedes Barcha cuando
en la estrecha calle bajó el vidrio del carro que el chofer había parado, y le
estreché la mano hablando con él para mi felicidad infinita, porque yo sabía que
era la reencarnación suramericana del mismo Cervantes. En realidad, en una
segunda ocasión cuando en el patio de esa casa le dije que era de Riohacha, la
tierra de sus abuelos maternos, se puso contento, me habló bastante encantado, con
el trato afectuoso de un pariente, dándome un gran consejo de escritor, y por
unos valiosos minutos tuve la oportunidad de ser sentir que era su hijo, el
único heredero real de sus secretos de artista. Pero aunque iba y venía de vez
en cuando, permanecía más en México, el gigante país norteamericano donde estuvo
tan tranquilo, que imaginó las mejores cosas para ser un genio de la literatura
universal. En aquel lugar vivió los momentos más significativos junto a su leal
esposa, y gracias a Ciudad de México, las rancheras, sus costumbres y rica gastronomía,
gozó con placer de una larga vida que se volvió vejez. El 6 de marzo de 2014, día
de su cumpleaños número 87, salió a la puerta, saludó a los que lo felicitaban
y atendió en silencio por última vez a los periodistas. Al mes transcurrido cuando
se supo con alarma habiendo estado en una clínica que llevaba varios días de
estar enfermo, en estado frágil y muy delicado, nadie se esperaba que en su misma
casa le llegaría la muerte, que al final fue parecida a un sueño como él quería.
Esa misma tarde, cuando me enteré de su pérdida por un mensaje de Facebook y
después lo confirmé en un canal de televisión, viendo a incontables reporteros
frente al garaje de su casa, sentí una enorme tristeza, lloré con guayabo y profundo
dolor la muerte de un padre literario, y creo que me sentiré triste por siempre
aunque vuelva a leer sus palabras que quedaron vivas. En mi interior, después
de ver el grandioso homenaje que le hicieron en el Palacio de Bellas Artes, hasta
pensé que sería bueno que trajeran los restos a su tierra natal siendo algo
natural con el ciudadano ilustre, pero la verdad es que con los comentarios
negros de la maléfica congresista uno piensa, analiza y concluye, que lo mejor
es que sus cenizas reposen allá mismo en México como demostración de un tercer y
definitivo exilio, y no vengan para nada a nuestra amada Colombia, donde
personas como la señora María Fernanda Cabal hacen de este pequeño país un
infierno.
