jueves, 24 de abril de 2014

Gabriel García Márquez está en el cielo



Gabriel García Márquez está en el cielo

Por Juan Carlos Herrera
  Cuando alguien tan buena persona como Gabriel García Márquez muere, en seguida va derecho para el cielo. Un hombre que desde su más temprana edad no hizo sino sentarse con humildad ante una máquina de escribir, fumando constante tabaco negro sin apenas respirar en medio del humo, para sacar unos artículos que aunque decían cosas de su tiempo eran en serio una fuerte formación, disciplinado entrenamiento y práctica del oficio con la intención de conseguir el alto nivel que algún día le permitiría hacer la gran novela de su vida, se puede considerar un ser humano muy bueno. En realidad, desde que alcanzó la celebridad universal, realizó todo lo que pudo por dar la mejor imagen que tuvo Colombia alguna vez. Los periódicos de papel del mundo entero que lo inmortalizaron más con la noticia de su partida, al igual que Remedios, la bella, hizo con las sábanas que al envolverla aletearon para subir en cuerpo y alma al cielo, le sirvieron también a él como alas para volar hasta las blancas nubes. Estoy seguro, como deben destacarlo los principales medios de comunicación desde El Universal de México, El País de España hasta The New York Time de Nueva York, de que García Márquez era más querido por sus grandes amigos por su especial modo de ser, que por la forma genial como escribía. «Escribo para que mis amigos me quieran más», era su eslogan conocido. Entonces después de una larga vida de amistad y felicidad, ahora que se ha marchado, que se ha ido de nosotros, para una dimensión más duradera y mejor, seguramente ya habrá visto el amor en la cara de Dios.
  En cambio, usted señora María Fernanda Cabal se ha tirado para siempre su carrera, cayendo en el más bajo de los comportamientos. Esa foto y mensaje que puso en Twitter, cuando se refirió a la muerte de Gabriel García Márquez y la que cree que está por venir de Fidel Castro, es por lo que va a hacer más recordada en este país que por sus aspiraciones luciferinas en la política: Pronto estarán juntos en el infierno. Si en realidad no gusta de nuestro único premio Nobel de Literatura, hubiera hecho mejor celebrar la mala nueva con una fiesta, tomando fino whisky, comiendo caviar, buenas brevas de Bruselas, yendo a los grandiosos salones para bailar vals, escuchar la música barroca de Bach, haciéndole un homenaje a su cultura de oligarquía estatal, pero no decir eso en contra del hombre más grande que ha dado Colombia en toda la historia.
  Desde que estoy niño, he escuchado mil veces que el infierno es un lugar del inframundo, donde hay muchas almas quemándose, ardiendo en las llamas, soportando en el centro de la tierra el martirio al rojo vivo, desapareciendo una y otra vez en las espesas lavas, muriéndose del dolor pero sin acabar de morirse jamás, donde gobierna una entidad tan perversa y malvada, que la gente nunca ha querido averiguar su verdadero nombre y simplemente le dicen Satanás. Lo peor del caso, es que no solamente trabaja él en aquella región horrenda que una pintura en óleo puede reproducir con escalofriante exactitud, sino una legión de activos demonios de los que ya sabemos que forma parte usted. Los seres humanos que son justos y han tenido una vida buena y ejemplar, despertando la admiración del resto de los hombres, aunque escuchen hablar de aquel lugar jamás van a parar allá, porque afortunadamente en esos pisos subterráneos no opera tanto la ley de la gravedad como el trinche de tres dientes de Satanás para perturbar la conciencia pecadora. Nadie escapa, por mucho que lo intente, porque se trata de la misma muerte en su profundidad rocosa más espeluznante. Ni siquiera cambiando el modo de ser, porque los condenados pronto aprenden a descubrir que sólo volviéndose más malos pueden liberarse de la carne, y quedarse con el desnudo esqueleto para sufrir un poco menos. En algunas culturas, se dice que el fuego eterno no queda allí, sino que está en la misma superficie terrestre, y que a veces un ser que pasa al lado de uno en la calle puede estar en el infierno, y por lo menos el resto de buenos mortales lo miramos desde el purgatorio. Si una persona quiere ver a otra en el infierno, aunque use carteras de cuero de canguro, artículos de maquillaje Vogue, fajo de dólares y atienda de vez en cuando el BlackBerry, seguramente es porque es su representante y vive en él.
  En Colombia, desde el magnicidio de Gaitán el 9 de abril de 1948, numerosas personas hicieron de Bogotá una hecatombe, con una marcha interminable de protesta a lo largo de sus calles pusieron a temblar la tierra, en una conjunta revuelta popular le hicieron destrozos, la incendiaron y causaron miles de muertes, y por fortuna ya había sido inventada la fotografía para tomar varias instantáneas a blanco y negro del mismo infierno. Debido a la mala política, la pesadilla institucional nunca ha parado, originó la Violencia que dejó la secuela de una tragedia aterradora, y en la selva la guerrilla de las FARC se convirtió en el grupo armado más viejo del continente, haciendo entonces la guerra eterna que no para sino que se extiende, como si con tanto derramamiento de sangre hubiera nacido otro río en el país. El paramilitarismo de las AUC terminó de acabar más con esta geografía de sanos cultivadores, con sus combates, con sus malditas masacres, matando a inocentes campesinos sólo porque eran demasiados pobres. Mientras tanto, en otra altitud algunas personas siguiendo el mandato del linaje aristocrático se metieron a la vida política, para disfrutar de las comodidades de la alta sociedad. Entre esas malévolas personas, representando al partido Centro Democrático, fue elegida usted, pero como ya siendo electa mostró su verdadera cara, que a nadie le gusta, entendimos mejor porqué siempre ha estado tan mal este país. Desde el momento en que se posesione en el Congreso, éste va a comenzar a arder en las llamas inacabables.
  Como buen escritor, le voy a contar una cosa. Fue un sueño borgiano que tuve, quizás por haber leído Las ruinas circulares de Jorge Luis Borges.
  Soñé con placer que Gabriel García Márquez, en medio de las blancas nubes, se acercó una ventanilla donde estaba atendiendo el mismo San Pedro. En realidad, estaba solicitando una visa para entrar al cielo. Su pasaporte era su buen comportamiento de hombre en la vida, sus mejores libros como Cien años de soledad y la placa del premio Nobel de Literatura, por lo que San Pedro al ver eso le dijo:
  -Tiene su visa aprobada.
  En seguida siguió adelante a la gloria celestial, donde lo esperaban felices el sabio catalán Ramón Vinyes, Álfonso Fuenmayor, Germán Vargas y Álvaro Cepeda Samudio, formando de nuevo el grupo de Barranquilla, pero también estaban Álvaro Mutis, Carlos Fuentes, Julio Cortázar y el actor cómico Cantinflas que con su gabardina, pantalones caídos y el rostro agradable sonreía y hacía sonreír, los cuales mientras nosotros llorábamos aquí en la tierra sumidos en la infinita tristeza, eran los seres más alegres en el omnipotente trono de Dios por volverse a encontrar con el mejor de los amigos. Se pusieron hablar en seguida de viejos recuerdos, de dulces amoríos, pero también de la música, el cine y la literatura, e imagínese quién con una pipa en la boca se acercó a estrecharle la mano: su gran maestro, el escritor estadounidense William Faulkner.
  Mientras tanto, al serle negada su entrada allí, la señora María Fernanda Cabal se acercó disgustada a la ventanilla de enfrente donde había más bien vapor de etanol, en su nueva condición de muerta. La persona que la atendía era extraña, pero llena de tanta belleza revestida de oro, diamante y rubí, que la única explicación de que pudiera poseer tal apariencia irreal era por tener de su lado una riqueza tan pecaminosa como la de Sodoma y Gomorra, que despertaba hasta la envidia de sus mismos aledaños en el desierto.
  -No tiene necesidad de visa –le dijo.
  -Por qué –preguntó usted.
  -Porque usted es de aquí.
  Sólo entonces miró al fondo de aquel sitio, donde había algo parecido a un estanque de aguas oscuras en la cual flotaban varias almas aquejadas por toda la eternidad, y cayó en la cuenta de que el lugar para donde usted iba era el mismísimo infierno.
  En estos días, aquí en Colombia la noticia de su comentario en Internet le ha dado una pantalla que nunca imaginó, un poco de más atención, un protagonismo inesperado, pero me voy a encargar de desilusionarla al aclararle que nada de eso es positivo para su escena en la política. Las personas que más quieren a Gabriel García Márquez que son millones han salido a protestar iracundas, por lo que consideran que es una falta de respeto a Aracataca, a la República de Colombia y a la historia de la literatura mundial. Por comentarios mal educados de ese tipo, como ha pasado cuando ofenden al profeta Mahoma, ha habido varias veces derramamientos de sangre, linchamientos y desórdenes violentos en diversas partes del planeta. Nadie la quiere, ni siquiera ver de cerca, porque aunque compre un perfume de esencia femenina del creador español Paco Rabanne, y se lo eche completo en el cuello, despedirá siempre un olor a amoníaco. Mucha gente de su mismo partido Centro Democrático, me imagino que se van a hacer los que no la estiman tanto, porque nadie quiere dar la imagen de que al menos influyó en usted para que hiciera su público comentario. Estar cerca suyo en una foto de la prensa, en las páginas sociales, le quitará credibilidad al primer desdichado que quiera ocupar un alto puesto en el país. No se lance más nunca a un cargo, porque entonces quedará la sensación de que está loca, y de que las personas que la eligen no tienen la menor idea de lo que es una novela del Nobel García Márquez, como le decía el cantante Diomedes. Su infierno aquí en la tierra ya comenzó hace rato, arde en intensas llamas, da gritos de dolor tormentoso, y me parece que el comentario que le hizo a García Márquez fue una ofensa a la muerte misma, donde irán también sus padres, sus hermanos, su marido, sus hijos y su perro, e incluso el Diablo, que está rojo a su lado con los dos cachos, se hará el que no la conoce de ahora en adelante porque no es tan bruto.
  Como el mejor alumno de Gabriel García Márquez en el mundo entero, tanto en el periodismo, la literatura y el halago inocente a las mujeres, me siento con el derecho no de coger un micrófono sino el gran teclado. Lea bien lo que le voy a decir, para que otro día antes de ponerse a escribir locuras usando con arbitrariedad las veintisiete letras del abecedario, sepa que alguien más preparado la puede herir mortalmente con la poderosa espada desenvainada de la escritura. La ofensa que usted lanzó en las redes sociales no la ha sentido el famoso escritor, que está a salvo en un lugar más alto, inalcanzable y mejor que el de nosotros -y ya de por sí es inmortal-, pero sí personas como yo que han devorado sus libros tanto en la vida, que incluso después de leer experimentales novelas en la técnica narrativa como La hojarasca, hemos sentido que los mismos hilos de la poesía nos conducen al estado de gracia de la evocación. Siempre leí sus novelas como El coronel no tiene quien le escriba, La mala hora y Cien años de soledad, la obra literaria más grande de todos los tiempos, que en mi niñez hizo que yo dejara de ver con interés los dibujos animados de Disney, porque me di cuenta de que bajo el sol del Caribe que servía para dibujarlo mejor con sus rayos, en las inmundicias del mercado donde al final de la tarde quedaban los hambrientos gallinazos escuchando champeta, en las desventuras de la pobreza que muchas mujeres aprovechaban para obtener el truco de inventar la comida, en las calles de arena donde unos niños negritos sin camisas y descalzos corrían con la pelota y jugaban mejor que Pelé sin haber escuchado jamás quién era Pelé, en los sueños de amor que aumentaba en los hombres y mujeres la idea clásica de la belleza, en el mar donde se estaba cayendo el viejo muelle de madera por la tristeza de que ya no llegaban los barcos de antaño, sucedían cosas más fantásticas que en un canal de la televisión si uno mantenía los ojos bien abiertos. También leí con gran placer Vivir para contarla, el primer tomo de sus memorias, donde inicia el relato hablando de su madre que llegó a buscarlo a Barranquilla en la Librería Mundo para ir a vender la casa de Aracataca, y gracias a esa experiencia aprendí a contar bien una historia. La literatura, sea oral o escrita, es sólo el compromiso de cantar un suceso, sin importar que sea bueno o malo, interesante o aburrido, de amor u odio, o que se digan malas palabras sin faltarle el respeto a las leyes de la gramática y la ortografía, y sobre todo a la gema de la buena prosa. En estos momentos, escribiendo bien he cogido la pluma de García Márquez para devolverle el mismo dardo. De manera que cada vez que me acuerdo de eso que usted indica, me dan ganas de decirle que usted es una vieja… vea el espejo y él se lo mostrará. En realidad, meterse con la persona que más prestigio le hado al país en toda la historia, es desprestigiarse uno mismo y caer en la abismal oscuridad. Es verdad, señora congresista del horno funesto, enviada infeliz del Averno de Oriente, heredera del reino de la Puntarracada. No creo que haya un lugar donde esconderse, ni siquiera en el valle de la muerte donde está el reino de Hades, porque allá la espera el cuerno de un centauro que silba su mala suerte, razón por la que me atrevo a decirle que usted es una… y es pura la verdad de que usted tiene que saberlo. Los lectores dirán que yo me he pasado de la raya, pero no es así porque esta es mi gesta de trovador apesadumbrado. Entonces seguiré usando la expresión más pura de Castilla para decir que usted huele a… cierta es la palabra que en su nariz debe estar sintiendo. Pero como pertenezco a la buena casta del lenguaje castellano, es mejor que tal vez siga invocando a mi hada madrina para terminar de escribir con letras de polvo mágico este agraciado texto.
  Sin embargo, como la fiesta apenas comienza, me voy derechito a seguir estirando el texto en este contexto porque parece que mientras más digo algo más se me pone contesto, y quiero decirle nuevas cosas en la cara para que no se meta más nunca con mi maestro. En realidad, desde que comencé a ser un lector, me consideré desde siempre su alumno. Me dediqué a estudiarlo, a amarlo y quererlo, leyendo sus biografías, reparándolo en persona para ver si era verdad que la magia existía, ilusionado con ser igual de grande en las letras hispanas para bien de la humanidad entera, a tal punto de obsesión e intensa investigación que ya recordaba tanto su vida, que cuando recorría el centro histórico de Barranquilla, por la resplandeciente calle de San Blas, mirando mejor el mundo desde el Paseo Bolívar, bajando a las viejas oficinas de El Heraldo, cerca de la iglesia de San Nicolás, y parándome frente al pequeño edificio el Rascacielos donde él vivió como un buen pobre al lado de las prostitutas, no sentía que estaba siguiendo su camino triunfante sino recogiendo sus pasos. De manera que yo, como cualquier contador de historias de Aracataca, sé narrar buenas anécdotas. En una ocasión, estando en Riohacha, el lugar donde tuve la buena suerte de nacer, viví un caso especial. Un Testigo de Jehová que trató de llegar a alguien con la Biblia abierta, fue rechazado en su propia cara cuando le tiraron la puerta de una casa donde llevaba el mensaje que había fundado el Hijo de Dios, por lo que ofendieron su cristianismo que es tan sagrado para el resto de la bien establecida congregación. La reacción energúmena del predicador, quizás justa, fue gritarle de inmediato: «¡Tú mataste a Cristo!». En Venezuela, Hugo Chávez Frías también hacía reír como el mandatario explosivo más popular de la vida real, incluso a los que no tenían nada que ver con su madura ideología de izquierda. Cada vez que tenía enfrentamiento con alguien de la derecha aquí en Colombia que tiene una larga historia de doscientos años, Hugo Chávez decía o pensaba: «¡Tú mataste a Bolívar!». Por mi parte, aunque no quiero pasar a las historietas por esta dura frase, yo te digo a ti señora congresista Cabal: «¡Tú mataste a García Márquez!». Lo cual debe de ser en parte cierto, créanme el porqué, al haber yo encontrado una probable razón. Por el modo de ser que origina pensamientos impuros, en más de una ocasión con tus artes de brujería debiste de estar deseándole la muerte, en ritual de muñecos y alfileres, en oscuro secreto y con odio visceral, hasta que al final viste que tu sueño se hacía realidad.
  En 1955, período en que se convirtió en el periodista más célebre de su país gracias a Relato de un náufrago, que editó en catorce entregas el diario El Espectador, Gabo comenzó a vivir el infierno verdadero al que usted se refiere. A los veintiocho años de edad comprendió, que en este país donde hay que tener la boca cerrada a cada rato, es más peligroso para alguien inteligente hablar con los índices de las manos. La gente en Bogotá compraba como pan de bono caliente los ejemplares del periódico recién acabados de salir de los talleres de imprenta, por la excelente historia del naufragio en alta mar narrada en primera persona con una prosa magistral, no como si de una noticia sensacional se tratara sino como si fuera un verdadero best seller de ficción. Pero aunque Guillermo Cano y el resto del equipo periodístico lo festejaban, porque el fenómeno presentado era un hito en la historia del periodismo en el país, al sobresaliente escritor esa especie de reportaje literario le costó un caro precio, ya que contaba la verdad descriptivamente de un contrabando camuflado en el destructor Caldas, que al romper amarras echó al mar parte de la pesada mercancía mal asegurada y a varios tripulantes desesperados, entre ellos Luis Alejandro Velasco, el único sobreviviente del desastre, que por estar varios días en una balsa bajo el inclemente sol, sin comer y tomar agua dulce, se convirtió sin quererlo en un héroe de la literatura universal. Se exilió pronto en Europa, con la excusa de ser enviado corresponsal en una reunión de los Cuatro Grandes en Ginebra, Suiza, huyendo de la dictadura que había en ese entonces en Colombia durante el gobierno del general Gustavo Rojas Pinilla. Después de tener una breve experiencia en las calles de Venecia, donde D'Annunzio aprendió a amar más a las aguas que a Dios, en la Roma del antiguo Coliseo cuyo deteriorado panorama era el mayor sentido que había para estudiar historia, y en los estudios de Cinnecità que le enseñó que el cine era una máquina para soñar mejor la vida que todos queríamos vivir, estuvo en París, la ciudad más bella del mundo, la de los cafés al aire libre, la de los perfumes que servían para el amor, donde -al cerrarse en su lejano país inesperadamente, por una orden del gobierno, el periódico del que dependía su bolsillo- no conoció tantos los Campos Elíseos, el Arco del Triunfo y la torre Eiffel que llegaba hasta el cielo, sino el hambre más implacable del hombre. Al salir de vez en cuando del edificio Hôtel de Flandre, en el número 16 de la rue Cujas, caminaba bastante por el sector, mirando con pena el lento paso del tiempo, anduvo en las calles de novios abrazados y besándose donde parecía haberse inventado el amor, aguantando el intenso frío, sin aprender a hablar el francés de Honoré de Balzac para comunicar su desgracia, mientras una hermosa mujer española llamada Tachia que quería ser esposa lo dejó solo por culpa de la mala situación económica, cuando comprobaron con dolor que aunque las ganas de amarse junta a las parejas no da para comer. En una buhardilla del hotel escribió El coronel no tiene quien le escriba, no para ser una gran obra literaria a la altura de El viejo y el mar de Ernest Hemingway, como por tener la compañía de un buen personaje con dignidad, que es un vivo testimonio de sus meses de hambre. Por suerte, aunque en la Ciudad Luz llegó a comer las sobras de un cajón de basura, pudo terminar una novela corta considerada ya una obra maestra de la literatura, descubriendo en aquel entonces que era en el extranjero donde estaba comenzando a construir la gran escalera que posteriormente lo llevaría al cielo, porque además conoció a un viejo Hemingway que caminando por la calle junto a su mujer, algo feliz le respondió al saludo.
  Como ustedes saben, gracias a la amistad de Plinio Apuleyo Mendoza, pudo sobrevivir en aquellos grises y fríos tiempos de su juventud, donde se había puesto más delgado. Desde Londres, tomó un avión que lo llevó a Venezuela, con el proyecto de ser periodista por un tiempo en Caracas, que también vivía bajo una gran dictadura. Después regresó a Bogotá andando por el centro de la ciudad en una pequeña oficina de la agencia Prensa Latina, donde se puso a trabajar para Cuba. Fidel Castro era el hombre del momento en América Latina, y más que escritor de novelas en esos días, había que ser escritor de periódicos para registrar en páginas enteras ese histórico acontecimiento para el continente. Desde entonces Gabo fue visto por muchos aristócratas como un enemigo de esta nación, nada más que porque le gustaba la cultura de La Habana, escuchar con tragos el buen bolero de amor y mientras caminaba por el Malecón donde se estrellaban las olas del mar azul fumarse con gusto unos puros habanos, los mejores tabacos del mundo. En una estadía de cinco meses con su mujer y primer hijo en la fría Nueva York, llegó a la conclusión de que a Estados Unidos le gustaba ir pero no vivir.
  Cuando la editorial Sudamericana le publicó Cien años de soledad, se convirtió en el escritor más leído del mundo. Desde el primer día en Buenos Aires, los primeros ejemplares de la edición príncipe tanto en las distintas librerías como en los quioscos callejeros, se vendieron rápidamente como salchichas calientes, produciendo una sorpresa general que hizo delirar al gran público lector, y como nunca antes se había registrado ese éxito de ventas en el continente suramericano, vino la demanda desaforada en los países vecinos, incluida la madre patria España que estaba al otro lado del Atlántico, y entonces siguieron las traducciones a otras lenguas, como el italiano, el francés y el inglés, hasta una treintena de restantes más alrededor del planeta, donde resalta el mandarín de China. La mitología de esta fabulosa novela de resonancias bíblicas, que hablaba de un pequeño pueblo del trópico donde sucedieron las cosas más increíbles y fantásticas en la historia de la humanidad, por arte de magia sedujo a los lectores, como si en realidad la hubiera escrito el mismo Melquíades. Con el sorprendente hallazgo de su piedra filosofal, el escritor Gabriel García Márquez pasó a estar entonces en el selecto grupo del boom que estaba dejando la gran huella de Julio Cortázar, Carlos Fuentes y Mario Vargas Llosa, promocionados por las editoriales más importantes de Barcelona, como los mejores arquitectos de la nueva literatura latinoamericana. La crítica especializada la catalogó en seguida como el nuevo El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha, y desde entonces todos quisieron conocer en persona, entrevistarlo o tomarle aunque fuera una foto del recuerdo, a un alquimista que escribía tan bien o mejor que Miguel de Cervantes Saavedra. Sin embargo, leyendo el primer capítulo de la Gran Obra, antes de que llegaran los errantes gitanos a deslumbrar a los pobres seres humanos mostrando como una novedad los inventos más antiguos de Occidente, cuando José Arcadio Buendía trazó las calles de Macondo para que fueran iguales, para que todas las casas estuvieran casi a la misma distancia del río y para que ninguna recibiera los rayos del sol más que otra a la hora de calor, en vez de ver eso como una muestra extraordinaria del "realismo mágico" que lo dio a conocer, sus enemigos políticos dirían que se trataba directamente de un claro mensaje de gobierno comunista. Pero nada de eso le importó a Gabriel García Márquez, que estaba muy feliz por haber adornado bien un cuento de hadas donde las cosas que él imaginaba en el papel los duendes las ayudaban a suceder, donde había alfombras voladoras para que le gente más incrédula las pudiera ver, muertos que seguían comiendo arroz blanco con tajadas fritas de guineo verde porque se les había olvidado de que estaban muertos, el calor de las dos de la tarde que producía que los hombres sentados en los taburetes bajo un almendro se quedaran dormidos para siempre porque estaban teniendo el mejor sueño con una hermosa mujer, y las mariposas amarillas que revoleteaban en todas partes como prueba física de que cuando se borrara de la faz de la tierra el imaginario pueblo eran lo único que iban a sobrevivir hasta nuestros días, producto eso del mejor recuerdo de su niñez en la vieja casa de Aracataca, en la cual a las nueve años leyó unas páginas sueltas de Las mil y una noches. Su suerte había cambiado por completo, le llegaba constante dinero producto de las regalías, tenía el elixir de la larga vida, y entonces comenzó a vestir mejor, a engordar y dejarse crecer el cabello, para mostrar una buena cara de turco afortunado. Su fama fue expandiéndose en todas partes, la gente se sentía orgullosa de él, la prensa lo asediaba, la crítica literaria lo catapultaba, pero otros en cambio sintieron rencor de que el nuevo burgués simpatizara con el socialismo y no con la derecha, que mataba inocentes campesinos en su tierra y lo condenó a aguantar el hambre que lo había puesto a escribir tan bien.
  En Barcelona, escribió con mucha disciplina El otoño del patriarca, y después de ser publicada, por intermedio de la agente literaria Carmen Balcells, en Plaza y Janes esa famosa novela donde criticaba abiertamente la soberbia del dictador, volvió a la Cuba de sus ensueños. Se convirtió en el mejor amigo del comandante Fidel Castro, a quien no se veía tan bien acompañado desde los días legendarios en que anduvo en el monte de la Sierra Maestra combatiendo con el héroe argentino Ernesto "El Che" Guevara. Muchos colombianos lo odiaron por esa razón, como si cometiera un pecado por ser amante de la bloqueada Cuba y querer ayudar a su gente pobre. Pero más que un político sabio al nivel mismo del Sumo Pontífice, siempre consideró a Castro un verdadero costeño, con el que se identificaba y se la llevaba bien a pesar de las críticas, y por esa clara razón decía:
  -Fidel y yo sólo hablamos de literatura.
  En el año 1981, cuando estaba de paso en Bogotá, mucha gente de la élite política sintió envidia de su reputación intachable y trataron de meterlo preso, al vincularlo sin claras pruebas al grupo guerrillero del M-19, pero gracias a una información de fuente fidedigna pidió asilo a tiempo en la embajada de México, y decidió que de ahora en adelante sólo iba a estar en el país azteca por razones de seguridad. Su ida de Colombia armó un revuelo mediático, respondió muchas preguntas a los periodistas que pudieron entrevistarlo, y más tarde escribió con rabia una carta contra el gobierno de Julio César Turbay. Unas semanas después se publicó Crónica de una muerte anunciada, con una primera edición que tuvo la tirada astronómica de un millón de copias, recibiendo una gran acogida sin precedentes gracias a los enloquecidos lectores que lo amaban por su forma de escribir, y los que querían verlo en una cárcel, preso, amargado y llorando por eso, lo vieron fue sonriente en los periódicos del extranjero, abrazado con sus importantes amigos mandatarios, quienes también eran buenos amantes del ámbar de la poseía. En verdad, como cualquier hombre que nació para el triunfo, siempre ganaba por encima de cualquier adversidad, y continuó su buena amistad con el presidente cubano Fidel Castro. Entonces en el año 1982, cuando muchos lo esperaban, estando con Mercedes en su casa de México, la Academia Sueca de las Letras anunció que le había sido concedido el premio Nobel de Literatura, noticia que lo convirtió en el escritor más famoso del mundo. El suceso hizo que se le mirara con mejores ojos, como una celebridad que ya emitía luz solar, y hubo una gran fiesta en Colombia y en toda Latinoamérica, que llenó a las calles de alegría y grandeza resarcida, aunque los feroces críticos dijeron que sólo se lo habían dado por ser un declarado socialista. Para la ceremonia solemne el 10 de diciembre en la gélida Estocolmo, el laureado escritor estuvo vestido con un liquiliqui blanco ante el rey Carlos Gustavo XVI que le entregó el galardón, mientas levantaba la cara feliz y oía los sonoros aplausos del maravillado público, como si fuera el arcángel Gabriel del que más se sentía orgulloso Dios en el cielo.
  La verdad es que todo esto nos lleva a pensar porqué García Márquez se sintió siempre mejor en México que en cualquier parte, a tal punto que en su atmósfera respiraba gustoso el aire, sonreía con más placer, y sólo era noticia por ser la persona más buena que había entre los escritores. Al lado de Álvaro Mutis, su mejor amigo de los últimos tiempos, se vio feliz, escribiendo bien, vendiendo como si fuera Dumas millones de ejemplares en varios países, pero sin olvidarse del distante territorio con aroma a café que muchos dicen que él dejó olvidado, cuando la verdad es que Colombia siempre sirvió para hacerlo salir corriendo. Carlos Fuentes fue su estrella del norte, y dicen que llegó a quererlo como sólo se quiere al hermano más cercano. Con otros escritores como Monsiváis y colegas periodistas, vivió con alegría, entregado a la cultura, a los nuevos hacedores del arte que iban apareciendo con un brillo propio en la escena latinoamericana, haciendo apariciones llamativas en la Feria Internacional del Libro en Guadalajara, para rendirle homenaje a los libros que tanto hicieron por él. En su casa de la zona Pedregal del Ángel en la calle Fuego 144, la soledad que era su única gloria causaba que pudiera ser la persona más complacida del universo. Al lado de su mujer Mercedes Barcha y de Rodrigo y Gonzalo, éstos con sus respectivas mujeres e hijos que no dejaban de visitarlo, fue un hombre supersticioso, calmado y sereno, que encontró en la paz la mejor medicina naturista para vivir muchos años en esta vida. En ese estudio al fondo del jardín, respaldado por una inmensa biblioteca, ante el escritorio donde estaba la computadora y protegido siempre por la influencia de rosas amarillas, escribió cartas, artículos de periodismo, grandes obras literarias, desde pequeños cuentos hasta buenas novelas con páginas de agosto y coloreadas metáforas certeras, incluso sus memorias cuando todavía tenía el recuerdo fresco de lo que fue su gran vida de escritor. En los últimos años apenas escribía, pero eso no le importaba, porque siempre pensó que la literatura se disfrutaba más leyéndola que escribiéndola, y volvió a la poesía de oro de su juventud, a los clásicos de la literatura infantil donde tenía como cabecera a Saint-Exupéry, escuchando música clásica, ritmos pegajosos de las Antillas y cantos vallenatos de Escalona, y viajando por el mundo que se hacía más pequeño a medida que él volaba en aviones, pero nunca faltaba su presencia personal en La Habana, en la Fundación del Nuevo Cine Latinoamericano, donde como gran maestro daba buenas clases de guión, y encontrándose a menudo con el anciano Fidel Castro para reírse de los que se reían de que ya estaban viejos. De vez en cuando, al comenzar la temporada de frío en diciembre, enero y febrero en la capital mexicana, venía en continuas ocasiones a la caliente Cartagena de Indias, en aquella esquina salmón de la Ciudad Amurallada, que era su mansión favorita junto al mar Caribe, donde lo conocí en persona al lado de Mercedes Barcha cuando en la estrecha calle bajó el vidrio del carro que el chofer había parado, y le estreché la mano hablando con él para mi felicidad infinita, porque yo sabía que era la reencarnación suramericana del mismo Cervantes. En realidad, en una segunda ocasión cuando en el patio de esa casa le dije que era de Riohacha, la tierra de sus abuelos maternos, se puso contento, me habló bastante encantado, con el trato afectuoso de un pariente, dándome un gran consejo de escritor, y por unos valiosos minutos tuve la oportunidad de ser sentir que era su hijo, el único heredero real de sus secretos de artista. Pero aunque iba y venía de vez en cuando, permanecía más en México, el gigante país norteamericano donde estuvo tan tranquilo, que imaginó las mejores cosas para ser un genio de la literatura universal. En aquel lugar vivió los momentos más significativos junto a su leal esposa, y gracias a Ciudad de México, las rancheras, sus costumbres y rica gastronomía, gozó con placer de una larga vida que se volvió vejez. El 6 de marzo de 2014, día de su cumpleaños número 87, salió a la puerta, saludó a los que lo felicitaban y atendió en silencio por última vez a los periodistas. Al mes transcurrido cuando se supo con alarma habiendo estado en una clínica que llevaba varios días de estar enfermo, en estado frágil y muy delicado, nadie se esperaba que en su misma casa le llegaría la muerte, que al final fue parecida a un sueño como él quería. Esa misma tarde, cuando me enteré de su pérdida por un mensaje de Facebook y después lo confirmé en un canal de televisión, viendo a incontables reporteros frente al garaje de su casa, sentí una enorme tristeza, lloré con guayabo y profundo dolor la muerte de un padre literario, y creo que me sentiré triste por siempre aunque vuelva a leer sus palabras que quedaron vivas. En mi interior, después de ver el grandioso homenaje que le hicieron en el Palacio de Bellas Artes, hasta pensé que sería bueno que trajeran los restos a su tierra natal siendo algo natural con el ciudadano ilustre, pero la verdad es que con los comentarios negros de la maléfica congresista uno piensa, analiza y concluye, que lo mejor es que sus cenizas reposen allá mismo en México como demostración de un tercer y definitivo exilio, y no vengan para nada a nuestra amada Colombia, donde personas como la señora María Fernanda Cabal hacen de este pequeño país un infierno.